13 de marzo de 2007

¿POR QUÉ LUCHAR?

Meras referencias a modo de introducción. Imprecisas, para ahorrarles el trabajo a nuestros habituados detractores; mas no por eso alejadas de la realidad.
La gran mayoría de los empleados públicos bonaerenses, incluidos, cómo no, los judiciales, a gatas alcanzan a cubrir con su salario las necesidades básicas personales. Y a quienes con él mantienen un hogar tipo, bueno... sobran las palabras Giorgio Agamben, filósofo italiano, clamó “¡volvamos posible a la vida!”. A él seguimos. Ya no se trata de proyectarnos hacia un futuro de posibilidades múltiples. Hoy la vida, puro presente, es para nosotros un fin en sí mismo. No entendida, claro está, como mera supervivencia, sino como vida humana en su sentido más literal, es decir, aristotélico. Porque dadas las circunstancias, parecería que desde la gobernación pretendiesen reducirnos a la animalidad, a que tan sólo podamos satisfacer con nuestro salario aquellas necesidades básicas que compartimos con los perros.
Un aparente sin-sentido pueda tal vez servirnos de apoyo. Si el empleado judicial tipo gasta la mayor parte de su sueldo todos los meses, entonces es su propio empleador al menos dos meses al año. ¡¿Cómo?! ¿El empleado judicial, en un desdoblamiento prodigioso, bíblico, convertido de súbito en su empleador, sin dejar por eso de ser empleado? O esto es fruto del delirio de un esquizofrénico, o la realidad, es decir, nuestra vida como empleados judiciales, ha devenido una triste paradoja. ¿A qué suena 21 %?
Cuentas, números y abstracciones de lo más engorrosas gobiernan al mundo ¿no? Nos entregamos a su imperio entonces y rendimos pleitesías. Los empleados judiciales que gastan la totalidad de su sueldo, y me animaría a decir que constituyen la amplia mayoría, son sólo empleados únicamente diez meses al año. ¿Por qué? Porque todo lo que consumen, o casi, está grabado con IVA. Es decir que el 21 % del dinero que reciben anualmente del estado provincial vuelve a sus arcas vía coparticipación, lo cual, a ojo de buen cubero, significa que los trabajadores costean de su bolsillo dos (y un poquito más) de sus propios sueldos. Es decir que, gracias al pase de magia del prestidigitador gobierno provincial, se convierten, dos meses al año, en empleadores que se emplean a sí mismos ¿Círculo vicioso? ¿O más bien tragedia? ¿Qué les parece? Y sólo hacemos referencia al IVA, la Vedette en eso de lo que merece ser llamado injusto.
¿Y el resto? Ah, no... del resto de las cosas no se habla. Un baño de realismo no nos vendría mal a esta altura, compañeros. Con la desgrabación de la renta financiera no se jode ¿A ver si espantamos a los inversores-moscas? Menos con el impuesto a las ganancias ¿A ver si la burguesía nacional se queja por la falta de reglas claras para los negocios? Pero más incauto sería tocar aún más los intereses del capital transnacional afincado en el campo o en el trabalenguas que dice “empresas privatizadas de servicios públicos” ¿A ver si los organismos internacionales protestan ante otra violación de la seguridad jurídica?
Y más de uno de ustedes ya debe andar pensando “¿baño de realismo?, ¿falso, cabría agregar a la metáfora?” Si la realidad es números, seguridades jurídicas, reglas claras, inversiones, y demás significantes del capitalismo depredador, lo Real, compañeros, es la miseria que como una peste infecta a cada vez más seres humanos. Y a no marearse, a no recular ante semejantes diagnósticos. Nos incluyen, como excluidos a un paso del abismo. No somos privilegiados por tener trabajo, tal y como nos presenta la derecha más hedionda. Un país que crece a tasas astronómicas es un lugar en que se amasan fortunas. La obscenidad resultante del contraste entre las tasas de ganancia de los circunstanciales “motores de la economía” y los magros ingresos de mucho más de la mitad de la población lleva sí, en cambio, aquél nombre propio del ancien regim: privilegios. Tengan la plena seguridad, de que no somos beneficiarios de los mismos, sino artífices inconsultos de las prerrogativas (manchadas) de sangre aún existentes. No pertenecemos a ninguna neoaristocracia. No repitamos zonzamente las mentiras que nos hacen creer. Somos trabajadores que realizan sus tareas en paupérrimas condiciones; somos mujeres y hombres que damos todo de nosotros a cambio de las migajas del gran banquete que se celebra en la habitación contigua (a la que tenemos vedado el ingreso). Los trabajadores judiciales somos engranajes de una máquina siniestra que, en última instancia, sirve a los fines de la ganancia ajena.
Si el gobernante de turno (y sus acólitos, ex compañeros traidores a la causa) nos piden mesura, escupámosles sin dobleces su hipocresía a la cara. Sólo es capaz de medirse quien dispone de recursos susceptibles de dilapidarse. Mesura es lo que nosotros debemos exigirle a quienes, con criterio espurio, reparten la torta. Es preciso que entiendan, de una vez y para siempre, que los trabajadores (ocupados y desocupados), es decir, los seres humanos, somos prioridad. Si se empecinan en continuar financiando el festín del 6%* con sudor ajeno, pues bien, que se atengan a sufrir en carne propia las consecuencias de muestra sobrevenida incapacidad de medir la bronca.


¡Unámonos trabajadores judiciales, de una vez y para siempre!

¡LA LEY PORCENTUAL ES POSIBLE!



*En Argentina los empleadores, que según el último Censo Nacional son el 6% de la población ocupada, realizan el 51,5 % del total del consumo privado. Es decir que el 6% de la población ocupada consume más que el 94 % restante.
Vale aclarar que casi la totalidad del ingreso de los trabajadores se consume, mientras que los ingresos de los empleadores se reparte entre consumo e inversión (cuya diferencia determina el ahorro o el desahorro del sector privado).
(fuente: semanario económico Cash del diario Página 12, del día domingo 28 de mayo de 2006)

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